Una carishina con un huerto

DSC_0537Como les conté en mi primer post soy carishina. No sé cocinar y no soy muy a fin a las tareas del hogar. Sin embargo, con el tiempo he comprendido lo importante de conocer un poco más lo que comemos, lo que bebemos, las costumbres, tradiciones, pero sobre todo, entender de dónde provienen los alimentos.

Hace poco más de un año mi familia tuvo la oportunidad de comprar una pequeña casita de campo. Al principio, veía al terreno inmenso, no sabía qué hacer con tanto espacio verde alrededor, además sus jardines habían desaparecido por el crecimiento incontrolable de la naturaleza.

Era un espacio bello, pero oscuro. Todos los árboles, yerbas y plantas parecían desbordados. Así que no tuve más remedio que meterme de lleno en el jardín, y entender cómo cada planta, cada flor, cada árbol se desarrollaba, se podaba y tomaba forma.

Este preámbulo, por supuesto, engendró muchas curiosidades sobre cómo funciona la naturaleza. También había escrito sobre huertos urbanos en la revista Nuestro Mundo Air Magazine, había escuchado de boca de grandes chefs lo delicioso de tener un huerto propio, de comer de la mata a la olla, de valorar lo orgánico como una oportunidad de conocer los verdaderos sabores y colores de cada alimento que probamos. Entonces, fue esta fusión de experiencias lo que me inclinó a alimentarme de un huerto.

Así que, ya sin tanto miedo, logré tener mi propio sembrío en casa. Conocí a una mujer encantada con las semillas, se llama Carmen del Hierro, y en su hacienda,  tiene almácigos o semilleros de cebollas, coles, coliflores, albahacas, hierba magui, zuquinis, alcachofas, acelgas, etc. Carmen me provee todos los meses de diferentes hortalizas de acuerdo a cómo se va dando en su terreno cada plantita.

Con su guía y la ayuda de un trabajador organicé el huerto. Hicimos un cerramiento para proteger las verduras de mi perro Max, e hicimos largas camas de tierra para sembrar.

El primer mes fue maravilloso. La expectativa de probar mis propios alimentos fue inmensa. Verlos crecer, conocer como son al inicio, ver emerger una coliflor entre sus grandes hojas, ver aparecer los primeros arbolitos del brócoli,  mirar el primer gran zuquini, con su flor amarilla, que dicen que es deliciosa y que pronto la prepararé para contarles mi experiencia.

Claro, no todo fue fácil, a pesar de que no hubo mortandad en el sembrío, no tenía el conocimiento de cuándo había que cosechar. Como buena carishina, alejada de toda sabiduría agrícola, esperaba que cada verdura tome un aspecto similar al que encontramos en el supermercado. Sin embargo, la lección fue opuesta. Las verduras orgánicas, las hortalizas de huerto son pequeñas, de colores más intensos y sabores más pronunciados. Su tamaño es mucho menor al que se encuentra en las tiendas de cultivos y cada una tiene una clave para detectar el momento de su cosecha.

Hasta el día de hoy no reconozco cien por ciento el estado perfecto de la cosecha de las verduras que están en mi huerto. Pero ya no espero a que mis brócolis sean de gran tamaño, ni que mis remolachas sean gordas y bien redondas. He ido probando poco a poco el sabor después de cada cosecha, así me he dado cuenta que arranqué demasiado pronto o muy tarde uno u otro alimento, me fijo bien el estado de cada una al momento de alejarlas de la tierra y así he probado varios estados del desarrollo de las verduras.

También aprendí que no todas permanecen sembradas y en sus plantas, sino que la mayoría se arrancan de la tierra y hay que sembrarlas nuevamente; que hay que sembrar sin ‘puestos fijos’, pues variar la ubicación de las verduras en los sembríos ayuda a que la tierra sea mucho más fértil y nutra más a los alimentos.

Tal vez para muchos estos pequeños datos extraídos por mi experiencia en el huerto son muy comunes, sin embargo, este proceso ha significado para mí un gran aprendizaje, un acercamiento con la tierra y la naturaleza y, sobre todo, me ha hecho pensar de manera distinta lo que tengo que servir en mi mesa.

El solo hecho de saber que voy a probar verduras sembradas por mí,  supervisadas por mí y cosechadas en familia hace que sepan diferente, que la experiencia de compartir los alimentos en una mesa con tus seres queridos tenga un argumento más para disfrutar del buen comer y de la buena compañía.

Siempre hay una oportunidad para mejorar nuestra comida. Se viva en el campo, en una casa en la ciudad o en un departamento, siempre el huerto es una opción para comer mejor y para experimentar la dicha de comer sanamente.

PD. : Debo confesar que todavía no paso de las ensaladas con lo que sale del huerto. Pronto daré el gran paso y trataré de hacer platillos con cada alimento que de mi tierra.

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